Geograficando, vol. 12, nº 2, e012, diciembre 2016. ISSN 2346-898X
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Departamento de Geografía

 

ARTÍCULOS/ARTICLES

 

Propuestas analíticas para un estudio espacial de la economía popular y solidaria. Aportes desde la realidad Argentina


Emanuel Alberto Jurado

Universidad Nacional de Buenos Aires
emanueljurado@hotmail.com
Argentina

 

Cita sugerida: Jurado, E. (2016). Propuestas analíticas para un estudio espacial de la economía popular y solidaria. Aportes desde la realidad Argentina. Geograficando, 12 (2), e012. Recuperado de http://www.geograficando.fahce.unlp.edu.ar/article/view/Geoe012


Resumen
La gran cantidad de trabajos vinculados a la Economía Popular y Solidaria (EPyS) producidos en los últimos años nos invita a reflexionar sobre el rol que puede tener el enfoque geográfico para el estudio de las prácticas concretas bajo esa mirada económica. Por ello, en este trabajo nos proponemos realizar una aproximación conceptual desde la geografía que pueda ser útil para el análisis de esos procesos socioeconómicos locales en el contexto de una economía capitalista dominante. Para lograr esto, se tomarán algunas categorías geográficas que, puestas en contacto con nociones de la EPyS, nos permitan identificar herramientas conceptuales adecuadas para dicho análisis.

Palabras clave: Espacio; Lugar; Economía; Solidaridad; Políticas de escala.



Analytical approaches for a spatial study of the popular and solidarity economy. Contributions from the Argentina´s experience

 

Abstract
The large number of papers linked to the Popular and Solidarity Economy (EPyS) produced in the last years, invites us to reflect on the role that a geographic approach may have in the study of concrete practices under that economic view. Therefore, in this paper we propose to make a conceptual approach from geography, which can be useful for the analysis of these local socio-economical processes in the context of a dominant capitalist economy. To achieve this, we will take into account some geographic categories which, in contact with notions of EPyS, will allow us to identify appropriate conceptual tools for the analysis.

Key words: Space; Place; Economy; Solidarity; Politics of scale.


Introducción

Con el resurgimiento en los últimos años de la Economía Popular y Solidaria (EPyS) en gran parte de Latinoamérica y particularmente en Argentina, se han producido un sinnúmero de estudios sobre diversas experiencias concretas vinculadas con esta temática. Si bien en conjunto han sido un aporte valioso en la profundización del conocimiento sobre este campo, detectamos que una parte importante de estos estudios ahondan en aspectos internos de cada organización y desatienden, en muchos casos, cuestiones generales que se vinculan con estructuras mayores de la economía capitalista hegemónica. A nuestro entender, la dimensión geográfica puede convertirse en una herramienta útil para trascender este particularismo, ya que pone en consideración no sólo las condiciones espaciales para el surgimiento de dichas experiencias sino también sus diversas escalas de acción, entre otras cuestiones. Además, un enfoque espacial sobre la EPyS puede constituirse en un importante aporte desde un punto de vista prospectivo, cuestión esencial si lo que se busca es la construcción de una propuesta económica transicional distinta del capitalismo. Por ello, en este trabajo nos proponemos realizar una aproximación conceptual desde la geografía que pueda ser útil para el análisis de esos procesos socioeconómicos locales en el contexto de una economía capitalista dominante.

En primer lugar, realizaremos un repaso por algunos trabajos que han analizado, directa e indirectamente, aspectos de la EPyS desde una óptica espacial. En segundo lugar, nos aproximaremos a ciertas nociones básicas sobre la EPyS para luego enunciar algunos aspectos generales del fenómeno en la Argentina y específicamente en Mendoza, a modo de ejemplo. Posteriormente haremos referencia al espacio y al lugar, dos conceptos tradicionales en geografía y que, a nuestro entender, pueden convertirse en claves para un estudio profundo y actual de los diversos procesos socioeconómicos alternativos al capital y a sus ámbitos de acción. Finalmente, intentaremos poner en contacto ambos conceptos, valiéndonos, entre otras consideraciones, de la noción de política de escala.

La mirada geográfica sobre las experiencias económicas alternativas al capital: breve repaso bibliográfico

La producción de material bibliográfico vinculado a la EPyS ha sido profusa en Latinoamérica, particularmente en los últimos años. La mayor parte de estos trabajos apuntan a aspectos teóricos de esta propuesta económica, mientras que otros se centran en la descripción interna de diversas experiencias concretas1. En cambio, consideramos todavía escasos los estudios que promuevan el diálogo entre nociones geográficas y el desarrollo de alternativas económicas al capital. Hacemos referencia a esta cuestión ya que creemos que un enfoque espacial no sólo puede ser adecuado para un diagnóstico de la economía hegemónica y la descripción, en ese contexto, de las experiencias en EPyS, sino también a la hora de identificar las limitaciones y vislumbrar las posibilidades a futuro de planteos económicos contrahegemónicos.

A pesar de la mencionada escasez, existen trabajos que, de manera directa o indirecta, atienden los aspectos espaciales de la EPyS. En tanto propuesta de intervención, Coraggio (2013, 123) realiza un acercamiento a la dimensión espacial al señalar tres niveles de acción para la EPyS: el micro-socioeconómico, es decir, el de cada una de las prácticas que impulsan formas económicas internamente solidarias; el meso-socioeconómico, que busca la generación de redes y asociaciones que expanden la solidaridad por fuera de cada unidad económica, articulándose territorial y horizontalmente; y el sistémico, que a través de la transformación de macroestructuras apunta a sentar las bases de otro sistema económico, por ejemplo a través de la sanción de legislación que tenga en cuenta otros modos de propiedad de la tierra (tanto urbana como rural) distintos del privado, la nacionalización de empresas clave en la economía de un determinado país, el reconocimiento de los territorios indígenas, etc. Desde esta propuesta de intervención política, resaltamos la exhortación a trascender los mencionados análisis microeconómicos que abundan tanto en diversas prácticas concretas como en variados trabajos académicos, ya que es en la mesoescala, propia de las redes, en la que se fortalecerían la EPyS como sector, por medio de la constitución de sujetos de proyectos transformadores. En el ámbito anglosajón, un poco más atrás en el tiempo, la cuestión escalar también ha sido motivo de indagación para North (2005), aunque en este caso ha intentado vislumbrar a través de un estudio comparativo entre dos experiencias de monedas alternativas (una en Inglaterra y otra en la Argentina) las causas de su decaimiento. En ese trabajo, se busca identificar las limitaciones internas y externas de estos procesos económicos alternativos que han debilitado su fortaleza inicial y los han hecho quedar al borde, por aquel entonces, de su desaparición. El planteo de fondo del autor gira en torno a las estrategias políticas seleccionadas por los actores de cada una de estas prácticas, reflejadas espacialmente en la construcción de una escala adecuada para sus acciones.

La necesidad de articular distintas prácticas y, por ende, espacios más amplios surge de la intención de alimentar un proceso económico transicional que pueda alterar algunas de las estructuras capitalistas vigentes. En esta línea, algunos Estados de Latinoamérica han intentado reformas sistémicas de las estructuras socioeconómicas. Tan es así que Susana Hintze (2010, 15-16) destaca la relevancia de América Latina en términos de sus respuestas al neoliberalismo. En particular, dirige su estudio a las organizaciones socioeconómicas basadas en el trabajo asociativo autogestionado y la propiedad colectiva en Venezuela y en Brasil, y la influencia que han tenido en estos procesos las características de la conformación estatal en esos países. Se trata de un estudio que, si bien no hace mención explícita a una determinada dimensión espacial, refiere a esta a la hora de sobrepasar los límites de cada organización para analizar los avances y dificultades de políticas públicas a un nivel nacional. En esta misma línea, han surgido algunos trabajos que se interesan por la definición de un sector que encarne estas prácticas socioeconómicas. Por ejemplo, Bastidas-Delgado y Richer (2001) ponen su atención en el caso venezolano y afirman que un sector de economía popular se define como tal cuando existe un reconocimiento mutuo por parte de las organizaciones, cuestión que toma cuerpo cuando se organizan redes por áreas temáticas de trabajo o cuando se coordinan acciones en ámbitos locales; es decir, se vislumbra la necesidad de generar articulaciones con el objeto de construir un proyecto político que trascienda la organización individual. En un sentido similar, Lamaitre (2009) ensaya una descripción del sector de economía solidaria en Brasil. En coincidencia con el planteo anterior, uno de los aspectos que toma para identificar este sector es el reconocimiento mutuo de sus actores, a lo que agrega la articulación en redes, desde niveles locales, regionales, hasta alcanzar lo nacional en el marco de un foro de Economía Solidaria. En ambos casos, la constitución de un sector de la EPyS requeriría de articulaciones multiescalares con el objeto de superar las prácticas individuales y acumular así poder que posibilite la disputa no sólo de recursos del Estado sino también un lugar en la agenda pública.

Por su parte, Rincón Gamba (2012) pone en debate de manera explícita la relación entre la EPyS y su dimensión territorial, al asumir la necesidad de conocer los lugares donde se desarrollan experiencias empíricas, con el objeto de indagar las condiciones tanto de surgimiento como de arraigo de estas prácticas. Y agrega que “el proceso de territorialización de la ESS (Economía Social y Solidaria) en espacios geográficos específicos va construyendo unos referentes territoriales diferentes de los que construye el capital” (Rincón Gamba, 2012, 26). Para el ámbito urbano, Muñoz (2013) intenta resaltar el posible valor transformador de la economía social en la ciudad, a la vez que critica la hegemonía del enfoque del sector informal urbano y sus presiones por transformar en capitalista cada práctica de economía popular. Por ello, ensaya una articulación entre economía social (en tanto teoría general opuesta a la economía capitalista) y la teoría de Milton Santos sobre los dos circuitos de la economía urbana en los países latinoamericanos. También para el caso urbano, Mendez (2015) realiza una aproximación de carácter teórico a este tipo de iniciativas y prácticas, a sus características, a su organización, a sus actores y a los factores de su crecimiento actual, vinculados con la actual crisis económica por la que atraviesa España. Se analiza la organización espacial de dichas experiencias y, si bien aparece destacada la estrategia basada en la proximidad espacial como forma de fortalecer el tejido social local, luego se aclara que el carácter localizado de estas prácticas en determinadas ciudades o barrios no ignora tanto su posible relación con otros entornos más o menos cercanos como su sometimiento a influencias externas. Nuevamente, aquí se hace visible la necesidad de estudios multiescalares que analicen la creatividad local frente a las fuerzas económicas hegemónicas. Por último, citamos a Rosana Zanca (2007), quien plantea la influencia de la EPyS sobre la ordenación alternativa del territorio. Para ello, trae a colación el estudio de los efectos territoriales de la creación de una asociación mutual dedicada al transporte público (El Colmenar) en Moreno, provincia de Buenos Aires, como respuesta de los mismos vecinos ante la negativa de una empresa de transporte para ofrecer ese servicio en la zona, por razones de escasa rentabilidad.

La revisión de estos trabajos nos permite detectar que, si bien existen vínculos evidentes entre EPyS y diferentes aspectos geográficos, todavía permanecen algunas cuestiones espaciales por ser profundizadas, no sólo en la indagación de las condiciones locales para el surgimiento de estas experiencias socioeconómicas sino también en cuanto a las limitaciones que los actores hegemónicos imponen a su desarrollo. Asimismo, las conexiones entre estas experiencias pueden ser entendidas como estrategias espaciales, por lo cual un análisis más profundo que tome en cuenta diferentes categorías geográficas puede convertirse en un gran aporte a este campo. Por ello, en este escrito realizaremos primeramente una desarticulación de las categorías geográficas que consideramos pertinentes para el estudio de la EPyS, para luego volver a articularlas de modo tal de descubrir nuevas relaciones entre los conceptos y así encontrar herramientas conceptuales adecuadas para dar respuestas al problema planteado (Garza Toledo, 2012). Previamente a esto, mencionaremos algunos aspectos de la ESyS tanto en Argentina en general, como en Mendoza en particular, de modo tal de situar los conceptos en un espacio-tiempo específico.

Aspectos generales del surgimiento y el avance de la Economía Popular y Solidaria en Argentina y Mendoza, particularmente

En Argentina, en los últimos años de la década de 1990 y los primeros de 2000, diversas experiencias de producción, de distribución y de consumo de bienes y servicios tomaron forma enmarcadas bajo la consigna del trabajo colectivo, asociativo y autogestivo. Fueron, en su mayoría, respuestas de los sectores más postergados de la sociedad a los efectos sociales de la crisis económica desatada por el neoliberalismo. Esta crisis fue resultado de un largo proceso de reestructuración capitalista que se instauró a partir de la última dictadura militar y se consolidó con las medidas implementadas desde 1983 por los gobiernos democráticos de Raúl Alfonsín y Carlos Saúl Menem. El nuevo proceso de acumulación se sustentó en la valorización financiera, que desplazó a la industria como motor del proceso económico. Como resultado de esto, se redujo fuertemente el empleo industrial y en los servicios públicos privatizados en favor del empleo en sectores vinculados a los servicios con mayores niveles de precariedad laboral y menores tasas de sindicalización (Féliz y López, 2012).

Ante este panorama, se fueron generando diferentes espacios de resistencia que demostraban, en un primer momento, el descontento de amplios sectores de la sociedad y que en muchos casos, con el paso de los años, fueron transformándose en nuevas formas de organización para la producción, la distribución y el consumo de bienes y servicios. A este amplio proceso socioeconómico se lo suele denominar de diferentes maneras: Economía Social, Nueva Economía Social, Economía Popular y Solidaria o Economía Social y Solidaria2. En ese trabajo, hemos decidido emplear el término Economía Popular y Solidaria (EPyS) ya que nos posibilita abarcar diversas dimensiones de este fenómeno. En primer lugar, al hacer referencia a un enfoque teórico crítico de los postulados neoclásicos; es decir, la economía del mainstream. A diferencia de la economía hegemónica, la EPyS considera el hecho económico como parte de la sociedad en la que se produce y no escindida de ella. Asimismo, afirma la pluralidad de la economía, al reconocer tanto la diversidad de formas organizativas como de principios económicos que coexisten en toda sociedad, y se distancia de aquellas miradas que proponen únicamente la empresa capitalista como única unidad productiva eficiente.

En segundo lugar, el término EPyS lo utilizamos también para mencionar la propuesta económica a construir; es decir, la mirada prospectiva de esta alternativa socioeconómica. Al respecto, Coraggio (2011) afirma que, si bien se halla estructurada sobre las condiciones a construir en un futuro, la EPyS parte de la realidad concreta de una Economía Mixta con predominancia del capital; es decir, un sistema económico que integra una Economía del Capital, una Economía Pública y una Economía Popular. Cada una de estas esferas actúa bajo la preeminencia de una lógica particular: las empresas del capital buscan la acumulación ilimitada del capital, el sector de entidades político-administrativas y de empresas públicas apuntaría al bien común, aunque combinado con la gobernabilidad social y la acumulación de poder particular, y el sector de unidades domésticas, emprendimientos y extensiones de la Economía Popular persigue la reproducción ampliada de la vida de los trabajadores, de sus familias y de comunidades primarias, la cual estuvo históricamente subordinada a la lógica individualista del mercado (Coraggio, 2014, 24). Esta última esfera, según el economista, contiene el germen para una EPyS.

En términos de experiencias concretas, además de cooperativas, mutuales y asociaciones propias de la economía social histórica, se suman a este campo los nuevos procesos de las últimas décadas tales como emprendimientos comunitarios, empresas recuperadas por los trabajadores, microemprendimientos familiares, nuevas mutuales y cooperativas, espacios de intercambio con “moneda social” (“trueque” en Argentina), ferias populares, redes de comercio justo o solidario, espacios de compra conjunta, microcrédito y banca social, instituciones de capacitación y apoyo a todas las anteriores (incubadoras de emprendimientos), movimientos piqueteros y sus actividades productivas, espacios culturales territoriales, sindicatos de trabajadores (ocupados o desocupados) (Abramovich y Vázquez, 2007).

Se trata de experiencias que existen actualmente en la Argentina y cuya expectativa esencial es la reproducción ampliada de la vida de sus integrantes, por lo cual se vinculan estrechamente con la Economía Popular. Muchas de estas trayectorias han trascendido los límites de la propia organización y han propiciado espacios de solidaridad mucho más amplios a través de asociaciones y articulaciones con otras organizaciones. Como afirma Coraggio (2014, 33), “estamos ante un nivel superior de solidaridad, ya no intraorganización productiva (micro-socioeconomía), ni intraredes (meso-socioeconomía) sino de solidaridad sistémica”. Por ello, para referirnos a la construcción de este proceso económico transicional y a los sujetos que llevan a cabo dicho proceso, también usamos el término EPyS.

Retomando el campo de las experiencias concretas, es importante recalcar que una experiencia de la EPyS no se define como tal por el tipo de actividad que lleva a cabo. Por el contrario, son algunos principios de funcionamiento interno y externo los que definen las trayectorias empíricas en EPyS. De modo más general, podemos afirmar que los atributos compartidos por las experiencias de la EPyS residen en el desarrollo de actividades económicas con una definida finalidad social (en términos generales: mejoramiento de las condiciones, ambiente y calidad de vida de sus propios miembros, de algún sector de la sociedad o de la comunidad en un sentido más amplio), sumado a elementos de carácter asociativo y gestión democrática, autónomos tanto del sector privado lucrativo como del Estado (Pastore, 2010).

En la Argentina, el sector de la EPyS ha crecido notoriamente en los últimos años. Un impulso importante a estos procesos fue dado por el mismo Estado a través del microcrédito para organizaciones de base comunitaria y productiva. Tan es así que alrededor de mil ochocientas organizaciones sociales (que incluyen a casi cinco mil técnicos) han aplicado localmente en forma directa la metodología de microcrédito. Antes de la creación de la Comisión Nacional de Microcrédito (CONAMI), en la Argentina nunca se habían excedido los seis mil créditos frente a los más de 330.000 que hasta ahora ha otorgado este organismo (Rofman, 2014). En tanto trabajadores de la EPyS, se estima que el sector involucra hasta 1.5 millón de trabajadores (Isaía y Aruguete, 2016); su producción de bienes y servicios representa el 10% del PBI (Varela y Vila, 2016)3. La magnitud de este fenómeno ha posibilitado el surgimiento de algunas organizaciones como gremios, federaciones y confederaciones según el rubro de actividad o el tipo de organización (por ejemplo, la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular —CTEP—)4.

El nuevo cooperativismo también ha sido fundamental en el crecimiento de la EPyS en la Argentina. Tan es así que en 2014, de las 28.853 entidades registradas en el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES), 22.516 eran cooperativas de trabajo (en 2001, eran sólo 6.686), lo que muestra su relevancia y dinamismo; mientras que los formatos tradicionales como las cooperativas agropecuarias, de seguros y vivienda, de crédito y provisión, fueron los sectores más afectados por la reducción de entidades activas y sus respectivas redes operativas (Vuotto, 2014).

Por último, luego de años de desarrollar su actividad sin el reconocimiento institucional y legal, varias de estas experiencias encararon el proceso para su formalización. Uno de los caminos tomados en algunas provincias fue la institucionalización del sector de la EPyS a través de largos procesos que consistieron en reuniones, foros, talleres y otros espacios de reconocimiento mutuo y articulación, y que desembocaron en la sanción de leyes específicas en la temática. Tales fueron los casos de Río Negro y Mendoza, donde principalmente las organizaciones sociales motivaron la redacción de leyes que reconocieran y promocionaran la EPyS5. Precisamente en Mendoza, en 2012 se sancionó la Ley N°8.435 que creó el Programa de Promoción de Economía Social y Solidaria de la Provincia de Mendoza. En ella, además de adoptarse una definición de este tipo de economía, se describe el sujeto destinatario de la legislación, se propone la creación de centros de producción y consumo regionales para promover el desarrollo de estas acciones en toda la provincia, entre otros beneficios para el sector. Al igual que en Río Negro, el proceso de elaboración de esta ley adoptó una metodología participativa en la que, además de algunos organismos estatales que apoyaban la iniciativa, formaron parte variadas organizaciones sociales. Esta participación se fomentó principalmente a través de foros regionales llevados a cabo en diferentes partes de la provincia, con el objeto de difundir el proceso general vinculado a la EPyS y al proyecto de ley en particular. Las organizaciones y los agentes que le dieron forma a este proceso fueron diversos: bancos populares, emprendimientos asociativos, distribuidoras solidarias, organizaciones campesinas, organizaciones de la agricultura familiar, empresas recuperadas, asociaciones, instituciones educativas, entre otros.

Una gran parte de estas unidades asociativas llevan a cabo sus actividades cotidianas en ámbitos locales, aunque algunas han desarrollado articulaciones económicas y políticas con otros espacios, además de los mencionados foros. Por ejemplo, la Unión de Trabajadores Rurales sin Tierra (UST) que, si bien se halla en diferentes parajes del campo mendocino —donde lleva a cabo sus acciones de un manera acorde a las características y a los procesos del lugar—, desde lo político está integrada a nivel nacional al Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), a nivel latinoamericano, a la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones Campesinas (CLOC) y mundialmente, a la Vía Campesina. Si ponemos nuestra atención en el aspecto productivo, la UST cuenta con dos pequeñas fábricas en los departamentos de San Marín y Lavalle, donde se elaboran salsa de tomate y mermeladas de frutas, entre otros productos, aunque la mayor parte de esa producción se comercializa en centros urbanos (Gran Mendoza, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Córdoba y Rosario, entre otros). Indudablemente, la comercialización no podría llevarse a cabo si no existiera una estrategia de vinculación por parte de la organización hacia otras asociaciones dedicadas a la EPyS, no sólo a nivel local sino también provincial y nacional. Estos vínculos, construidos a lo largo del tiempo, han posibilitado aumentar los volúmenes de ventas como también la variedad de productos elaborados.

Al mencionar brevemente estas articulaciones, buscamos poner de relieve la diversidad de acciones que, en diferentes planos, llevan a cabo los productores de la EPyS y que, a nuestro entender, encierran una dosis importante de espacialidad. Por ello, consideramos relevante identificar herramientas conceptuales desde la geografía para poder dar cuenta de estos procesos.

El espacio bajo el predominio del capital

Antes de profundizar en los aspectos espaciales concretos de experiencias socioeconómicas alternativas al capital, necesitamos mencionar, a grandes rasgos, de qué manera el sistema económico hegemónico ejerce su dominio en el espacio. Como dijimos párrafos atrás, desde hace más de cuatro décadas, el modelo de acumulación fordista cedió su lugar al modelo neoliberal. Desde el punto de vista del capital, su reproducción se amplió no solamente a través de la clásica relación capital-trabajo sino por medio de violentos procesos socioeconómicos que Harvey (2004, 116) encuadró bajo la idea de acumulación por desposesión: la mercantilización y privatización de la tierra de la mano del desalojo de los campesinos de esos territorios, la mercantilización de la fuerza de trabajo y la supresión de formas alternativas de producción y consumo, la monetarización de los intercambios, la usura, las deudas nacionales y el sistema de crédito, entre otros. Evidentemente, la lógica del capital domina la escena de lo que llamamos economía mixta, que relega al Estado y principalmente a la economía popular, a un rol secundario y dependiente. Asimismo, estos procesos económicos encuentran en el espacio uno de los fundamentos centrales para la reproducción del capital.

Si consideramos el espacio como producto y producción, ponemos en evidencia los aportes de Lefebvre (2013) a la hora de un análisis dialéctico de los diversos aspectos de la naturaleza del espacio, particularmente en el marco de la hegemonía del capital. La dialéctica espacial parte de la crítica a otros enfoques que, según este autor, llevan a cabo una “fetichización” del espacio; es decir, alerta sobre las miradas que sólo prestan atención al espacio como un objeto en sí mismo y desconocen así los procesos sociales (relaciones sociales de producción) que posibilitan la elaboración de ese producto: “El interés y el «objeto» se desplazan desde las cosas en el espacio a la producción del espacio, admitiendo que esta fórmula reclama todavía numerosas explicaciones” (Lefebvre, 2013, 96). Para poder descifrar esa compleja trama detrás del proceso, Lefebvre (2013, 92) propone una mirada desde tres dimensiones que, como parte de un proceso dialéctico mayor, son distintas, complementarias y tensionadas a la vez, según el lugar, el momento y el modo de producción en cuestión. Estas tres dimensiones son:

(a) La práctica espacial, que engloba producción y reproducción, lugares específicos y conjuntos espaciales propios de cada formación social; práctica que asegura la continuidad en el seno de una relativa cohesión. (…)

(b) Las representaciones del espacio, que se vinculan a las relaciones de producción, al “orden” que imponen y, de ese modo, a los conocimientos, a los signos, a los códigos y a las relaciones “frontales”.

(c) Los espacios de representación, que expresan (con o sin codificación) simbolismos complejos ligados al lado clandestino y subterráneo de la vida social (…)

Esta propuesta analítica tiene la fortaleza de combinar lo abstracto y lo material del espacio, por medio de una relación dialéctica entre lo percibido (práctica espacial), lo concebido (representaciones del espacio) y lo vivido (espacios de representación), por lo que “las relaciones entre esos tres momentos no son nunca simples ni estables” (Lefebvre, 2013, 104). Por medio de este espacio tridimensional, Lefebvre se distancia de los enfoques cartesianos del espacio que promueven un dualismo conceptual entre lo objetivo y lo subjetivo. De lo que se trata es de la producción del espacio como totalidad entendida como arena de disputa entre estos tres espacios. Cada sociedad produce un espacio, su espacio (Lefebvre, 2013, 90).

Sin embargo, bajo la preeminencia mundial del modo de producción capitalista, la producción del espacio está fuertemente condicionada por las metas que se proponen los actores sociales que dominan la escena político-económica del capitalismo. Por ello, bajo estas condiciones, el espacio concebido toma mayor relevancia a la hora de la producción del espacio. Estas representaciones del espacio están penetradas por un saber (mezcla de conocimiento e ideología) que, desde lo abstracto de la planificación vertical a priori, integra la práctica social y política, en pos de la reproducción del capital. En cambio, los espacios de representación están “penetrados por el imaginario y el simbolismo, la historia constituye su fuente, la historia de cada pueblo y la de cada individuo perteneciente a este” (Lefebvre, 2013,100). Son territorios apropiados que ponen en valor una apropiación simbólica e identitaria del espacio y rescatan la funcionalidad para los grupos humanos hegemonizados que allí se hallan, por lo que se asemejan a la idea de lugar que más adelante abordaremos. Aunque en apariencia estos dos espacios (concebido y vivido) parecen hallarse en veredas diametralmente opuestas, ambos se encuentran embebidos uno del otro. Por último, la práctica espacial es el espacio material, el espacio de la experiencia, el mundo de la interacción táctil y sensorial con la materia; es decir, estos elementos, momentos y sucesos se constituyen con una materialidad de ciertas cualidades (Harvey, 2006) en ese espacio percibido que, según nuestra mirada, se transforma en la arena de disputa entre lo concebido y lo vivido. Con esto, no estamos afirmando que tanto el espacio concebido como el vivido no estén compuestos de materialidad sino que el espacio percibido es aquel en el que esa materialidad se funde de manera mucho más densa.

Espacio como producto y producción, como objeto y como proceso, atravesado de relaciones de complementariedad, de conflictos y disputas, es el espacio de la dialéctica. Nuestra compleja tarea consiste en comprender con mayor precisión el conflicto entre estas tres dimensiones, ya que cada sociedad elabora su espacio “con algunas de sus relaciones de producción específicas, con sus variantes apreciables [y] esto no sucede sin dificultades teóricas, obstáculos, inconsistencias y claroscuros” (Lefebvre, 2013, 91). Nos animamos a vislumbrar que por esos claroscuros se filtran las variadas resistencias a la lógica del capital enmarcadas en la EPyS, aunque mayormente se puedan relacionar con la apropiación simbólica e identitaria de los espacios de representación.

El lugar, ¿sede de experiencias alternativas al capital?

Como ya hemos dicho, los diferentes procesos económicos encuentran en el espacio tanto un medio para su desenvolvimiento como un fin a alcanzar. Ahora bien, ¿qué vínculo/relación/articulación podemos señalar entre esta concepción del espacio en general y lo dicho particularmente sobre lo local? La relación lugar-espacio, a nuestro entender, puede ser clave para llegar a alguna respuesta.

En primer lugar, identificar las diferencias entre ambos conceptos puede ser un camino adecuado a seguir. Al respecto, algunas miradas sostienen, a grandes rasgos, que el espacio conlleva la idea de apertura y amplitud, mientras que el lugar se vería restringido a ciertos límites (Malpas, 2015). Basados en esto, los enfoques humanistas le han dado al lugar un contenido y un carácter propios vinculados a lo que se conoce como sentido de lugar. Esta mirada predomina en los enfoques humanistas, que consideran el lugar como un segmento del espacio cargado de significados, un espacio de la experiencia vivida (Cresswell, 2011). Evidentemente esta connotación nos retrotrae nuevamente al espacio vivido propuesto por Lefebvre como parte de la dialéctica del espacio, lo que demuestra la necesidad de poner en consideración los aspectos subjetivos en la producción del espacio. Como señala Tuan (1977), “lugar refiere al proceso por el cual la vida cotidiana está inscripta en el espacio y dotada de significado por grupos específicos de personas y sus organizaciones” (en Hoelscher, 246, 2011; la traducción es nuestra). Estas consideraciones nos recuerdan uno de los aspectos centrales del lugar; es decir, su capacidad para emplazar objetos o procesos.

Si bien la dialéctica propuesta por Lefebvre para la producción del espacio permite sentar bases generales para un estudio espacial, para el estudio de la EPyS creemos necesario partir desde una herramienta analítica más cercana al trabajo cotidiano de las trayectorias empíricas que nos permita acceder al conocimiento de esa totalidad que, en principio, parece alejada de sus prácticas. Por ello, creemos que el concepto de lugar se constituye en esa herramienta geográfica útil para el análisis espacial en la mediación entre las estructuras socioeconómicas y las prácticas particulares. Como vimos, esos significados específicos están dados por las particularidades que encarnan cada lugar, aunque es importante aclarar que esa singularidad no va en desmedro de vinculaciones con el “afuera”. Por el contrario, entendemos que el espacio cuenta con un componente relacional, por lo que ningún lugar existe salvo en relación con otros y cada uno contiene otros que están conectados con él.

Agnew (2011; 1987) ha sido, a nuestro entender, quien ha realizado una de las propuestas analíticas más adecuadas para abarcar el estudio del lugar desde todas las dimensiones mencionadas. Al igual que Lefebvre, basa sus supuestos en un análisis fundado en tres ejes, con el que se distancia de los análisis dicotómicos, para captar así la complejidad del fenómeno espacial:

La primera dimensión es el lugar como localización o un sitio en el espacio donde una actividad u objeto está localizado y que se relaciona con otros sitios o localizaciones por medio de la interacción, el movimiento y la difusión entre ellos (…) La segunda es la mirada del lugar como una serie de “locales” (localidades) o escenas donde las actividades diarias se desarrollan (…) La tercera dimensión es el lugar como sentido de lugar o identificación con el lugar como una única comunidad, paisaje y orden moral (Agnew, 2011,326;la traducción es nuestra).

Como vemos, la primera dimensión recupera el lugar en su cualidad de emplazamiento, aunque a la vez plantea un juego multiescalar; los mundos sociales locales (locale) del lugar no pueden entenderse por fuera del macro orden objetivo de la localización y la subjetividad del sentido de lugar (Agnew, 1987,3). Precisamente, este sentido de lugar “refuerza la definición socioespacial de lugar desde adentro, por así decirlo [y] en su diferenciación con respecto a otros lugares puede convertirse en un ‘objeto’ de identidad para un ‘sujeto’” (Agnew, 1987, 2). Teniendo en cuenta estas tres dimensiones, podemos considerar el lugar como la sedede las resistencias al espacio concebido de Lefebvre, en el que la creatividad de los emprendimientos asociativos, de las empresas recuperadas, de las nuevas cooperativas y de otras organizaciones de la EPyS encuentra un terreno propicio para su surgimiento y su desarrollo.

Del lugar al espacio: las políticas de escala como herramienta para alternativas económicas al capital

Como hemos visto hasta el momento, la relación entre el espacio y el lugar es compleja y es uno de los dilemas centrales para la geografía. El análisis del espacio desde la dialéctica “niega los hechos aislados y los sistemas parciales aislados como modo de ser del mundo, porque ese abordaje no supera la apariencia del todo” (Silveira, 1995, 54). Por el contrario, enmarca los procesos, los movimientos, las relaciones y las contradicciones, en una totalidad (Merrifield, 1993). En este punto comienza a vislumbrarse la complementariedad y el conflicto entre espacio (totalidad) y lugar (particularidad): “el espacio de la totalidad así cobra significado a través del lugar, y cada parte (cada lugar) en sus interconexiones con otras partes (lugares) engendran el espacio del todo” (Merrifield, 1993, 520; la traducción es nuestra). Vale aclarar que las partes se interconectan y se atraviesan para engendrar el todo (no sin desconocer que bajo la hegemonía del capital, las conexiones que predominan guardan mayoritariamente un orden jerárquico), dejando a un lado la concepción cartesiana del todo como producto de la suma de las partes. Asimismo, cada una de esas partes contiene esa totalidad de un modo propio; en cada lugar afloran las tres dimensiones espaciales, de modo tal que podríamos afirmar, a riesgo de parecer una contradicción, que cada lugar contiene el espacio. En palabras de Oslender (2002), “el lugar contextualiza y arraiga a las conceptualizaciones lefebvrianas (lo concebido, percibido, vivido)”.

Como hemos podido constatar, el espacio entendido como totalidad bajo una economía capitalista hegemónica ejerce una influencia notoria sobre los lugares. No se trata de una relación de determinación pero sí de condicionamiento, en la que el lugar refleja a una escala menor, la lógica dominante del espacio. Sin embargo, en esos ámbitos locales dotados de un innegable sentido de lugar nacen y se generan respuestas al capital. Entonces nos preguntamos, en ese espacio dominado por el capital, ¿qué rol juegan las trayectorias empíricas en EPyS?

Ensayando las primeras respuestas, la EPyS puede entenderse como una mediación socioespacial, al intentar constituirse en un movimiento transicional que apunte a la transformación del espacio del capital. Este proceso, como hemos visto, toma cuerpo en diversas experiencias socioeconómicas concretas. Dada una escala de acción mayormente local, hemos circunscrito estas trayectorias al ámbito del lugar. Desde allí, buscan, por medio de vinculaciones y articulaciones que trasciendan los límites de esos lugares, alterar algún aspecto del orden imperante; es decir, el tránsito hacia una EPyS en tanto proceso transicional demanda que se potencien las prácticas concretas y expandir así esa solidaridad, al ampliar sus alcances al participar activa y conscientemente de un proceso de cambio de orden mayor (Coraggio, 2013).

Precisamente, la trascendencia de escala con el objetivo de afectar políticamente un espacio mayor puede analizarse según lo que Lopes de Souza (2013, 196) (basándose en el aporte de Neil Smith) entiende por política de escalas, es decir:

La articulación de acciones y agentes operando en niveles escalares diferentes (esto es, que poseen magnitudes y alcances distintos) con la finalidad de potenciar efectos, neutralizar o disminuir el impacto de acciones adversas u obtener mayores ventajas de situaciones favorables; por ejemplo, ampliando esferas de influencia (al expandir audiencias, sensibilizar actores que sean posibles aliados, etc.) y propiciando sinergias políticas (al reclutar nuevos apoyos, forjar alianzas, etc.).

La articulación apuntada implica, además, producción y reconfiguración de las diferencias espaciales necesariamente por medio de algún tipo de jerarquización.Lo que se precisa es que estas experiencias encaren acciones con el fin de reenfocar su retórica y sus prácticas en una escala más apropiada (North, 2005). Ese reacomodamiento de las escalas de acción no es un proceso libre de dificultades sino más bien contradictorio; consiste en la producción de espacio y, como hemos visto, él mismo incluye indefectiblemente disputas, en este caso entre la lógica del capital y estas alternativas enmarcadas en la EPyS. Para estas últimas, la disputa puede transcurrir por dos canales distintos aunque complementarios: “la escala de la lucha y la lucha sobre la escala son dos lados de la misma moneda” (Smith, 2002, 142).

Consideraciones finales

Aquella inquietud inicial por trascender los estudios particularistas en EPyS, de modo tal de comprender sus posibilidades y limitaciones bajo una economía del capital dominante, ha requerido del empleo de nociones espaciales. De manera exploratoria, hemos recuperado los conceptos de espacio y lugar, lo que nos ha permitido encontrar una salida al problema planteado entre totalidad y singularidad.

Por un lado, la noción de espacio puede ser útil para comprender la lógica del capital en la producción del espacio global. Creemos necesaria su consideración a la hora del diseño de propuestas teóricas viables en torno a la EPyS, ya que al buscar a largo plazo la superación general del capitalismo es imprescindible tener conciencia de los límites y de las dificultades que dicha proposición encierra. Por otro lado, el concepto de lugar posibilita la puesta en valor de las experiencias concretas en EPyS desde lo local, sin que eso impliquecircunscribirlas únicamente a ese ámbito. Justamente, entender al lugar como esa totalidad contextualizada nos posibilita trascender los análisis microescalares, para superar el idealismo de los estudios “locales”, en los quese suele privilegiar “lo local” en lugar de efectuar su relacionalidad con otras escalas espaciales (Smith, 2002, 141). O lo que Harvey (2001) ha dado en llamar particularismo militante; es decir, análisis focalizados en la utilidad de lo local, sin promover contribuciones a las preguntas universales sobre el espacio y sus procesos (North, 2005, 221).

Se trata de un doble movimiento tanto teórico como práctico; es decir, desde el espacio hacia los lugares y viceversa. Esos movimientos pueden ser entendidos como “saltos escalares”, que en la EPyS precisan de sujetos que se dispongan a afectar un espacio mayor que el de su propia organización, a través de articulaciones políticas como foros de debate, acuerdos particulares para la elaboración o comercialización de productos, conformación de movimientos amplios a nivel nacional e internacional, etc. La noción de política de escala puede facilitar la comprensión de estos procesos y la identificación de esas acciones orientadas a trascender el lugar, para vincularlo finalmente al espacio.

Agradecimientos

Agradecemos a Mariana Arzeno, por la lectura y los comentarios sobre el texto, y a Martina Lewin y Julia Dvorkin, por la lectura y sugerencias para su redacción.

 
Notas

1Para contar con un panorama más amplio sobre esta bibliografía, recomendamos visitar la Revista Latinoamericana de Economía Social y Solidaria Otra Economía. (http://revistas.unisinos.br/index.php/otraeconomia).

2 Al respecto, recomendamos leer Guerra, P. (2007) “¿Cómo denominar a las experiencias económicas solidarias basadas en el trabajo? Diálogo entre académicos latinoamericanos acerca de la polémica conceptual”. Otras Economía, Vol. 1, N° 1, pp. 21-27. Allí se pueden conocer las diferentes miradas respecto a este fenómeno, en especial en Latinoamérica.

3 Creemos importante aclarar la relatividad de estos datos, ya que se trata, en muchos casos, de emprendimientos de hecho, que no suelen estar registrados en ningún organismo estatal. Por el contrario, en los registros estatales pueden aparecer entidades que, al momento de la consulta, no existen más o han mutado su figura jurídica. Esta flexibilidad es una de las características de la ESyS, particularmente en Latinoamérica, a diferencia de la Economía Social de carácter jurídico-institucional, común en varios países europeos. Este último enfoque ofrece datos concretos sobre magnitudes y otras características del sector.

4 Más información, en: http://ctepargentina.org/.

5 En la provincia de Entre Ríos, en 2012, se sancionó la Ley Nº 10.151 que promueve el Régimen de Promoción y Fomento de la Economía Social de la provincia de Entre Ríos (2012), aunque el proceso fue encabezado por el mismo gobierno provincial; es decir, se trata de una política pública de implementación “top-down”.



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Fecha de recibido: 25 de marzo 2016
Fecha de aprobado: 04 de octubre 2016
Fecha de publicación: 22 de diciembre de 2016



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