Geograficando, vol. 21, nº 2, e181, noviembre 2025 - abril 2026. ISSN 2346-898XArtículos
Habitar: un prisma para una lectura situada de la ciudad
Resumen: Este artículo propone un abordaje teórico del habitar urbano concebido como una relación dinámica entre sociedad y espacio. Se plantea que el habitar excede su dimensión residencial, aludiendo a un entramado de prácticas e imaginarios que se constituyen en vínculo dialéctico con las condiciones materiales y simbólicas del territorio. El objetivo principal es construir un marco conceptual que permita analizar las formas en que los sujetos se relacionan con lo urbano. La propuesta se sustenta en una revisión crítica de bibliografía especializada y en la elaboración de un modelo analítico que incorpora el movimiento y el tiempo como variables clave. Se articulan dos niveles de análisis -práctico y simbólico- para ofrecer herramientas transferibles a investigaciones empíricas. El trabajo aporta un esquema teórico flexible y relacional, enfatizando la importancia de incorporar la experiencia subjetiva al análisis de lo urbano, y propone una mirada crítica para pensar la ciudad desde sus diferenciaciones y desigualdades constitutivas.
Palabras clave: Habitar, Prácticas, Imaginarios, Espacio urbano.
Inhabiting: A Prism for a Situated Reading of the City
Abstract: This article proposes a theoretical approach to urban inhabiting, conceived as a dynamic relationship between society and space. It argues that inhabiting goes beyond its residential dimension, alluding to a network of practices and imaginaries that emerge through a dialectical relationship with the material and symbolic conditions of the territory. The main objective is to build a conceptual framework that enables the analysis of the ways in which individuals relate to the urban. The proposal is grounded in a critical review of specialized literature and the development of an analytical model that incorporates movement and time as key variables. Two levels of analysis —practical and symbolic— are articulated to provide transferable tools for empirical research. The article offers a flexible and relational theoretical framework, emphasizing the importance of incorporating subjective experience into the analysis of the urban, and proposes a critical perspective for understanding the city through its constitutive differentiations and inequalities.
Keywords: Inhabiting, Practices, Imaginaries, Urban Space.
Introducción
Los cambios recientes en las dinámicas urbanas (Caldeira, 2017; Holston, 2009; Karaman, Sawyer, Schmid y Wong, 2020; Theodore, Peck y Brenner, 2009, entre otros) han reconfigurado el modo en que se aborda el fenómeno urbano, impulsando nuevas formas de indagación sobre la ciudad. En este marco, pensar el habitar urbano implica superar su concepción restringida como mera localización física o funcional de la residencia. Más bien, se trata de comprenderlo como una forma compleja y situada de estar en la ciudad, constituida por relaciones sociales, prácticas cotidianas, imaginarios urbanos y condiciones materiales históricamente producidas.
Desde esta perspectiva, diversos estudios (Brikman, 2021; Cosacov, Di Virgilio y Najman, 2018; Segura, 2015; Segura y Chaves, 2019) han demostrado que el habitar constituye un prisma analítico fundamental para comprender las diferencias y desigualdades de la vida urbana. Las configuraciones particulares del habitar se encuentran en la ubicación de la vivienda, las movilidades y circuitos que conectan al trabajo, servicios y ocio, las conexiones y cruces entre diferentes movilidades y circuitos en la ciudad, y las brechas y las fronteras en el acceso al espacio urbano (Segura y Chaves, 2019).
Así, desde las diversas localizaciones espaciales y posiciones sociales (Bourdieu, 2007), los habitantes producen y despliegan sus propias vidas, no sólo en los lugares, sino también a través de recorridos, generando relaciones de proximidad y distanciamiento (Hannerz, 1986). De esta manera, el movimiento emerge como un elemento clave en el análisis urbano (Cresswell, 2010; Kaufmann, Bergman y Joye, 2004; Sheller y Urry, 2016), especialmente en lo que refiere al habitar (Ingold, 2015; Jirón y Mansilla, 2013), generando la posibilidad de comprender cómo se producen acercamientos espaciales, distanciamientos sociales y conexiones jerárquicas (Segura, 2021).
A raíz de lo mencionado, este artículo propone un abordaje teórico del habitar urbano concebido como una relación dinámica entre sociedad y espacio. Se plantea que el habitar excede su dimensión residencial, aludiendo a un entramado de prácticas e imaginarios que se constituyen en vínculo dialéctico con las condiciones materiales del territorio. El objetivo principal de esta investigación es construir un marco conceptual que permita analizar las formas diferenciales y desiguales en que los sujetos se relacionan con lo urbano.
La propuesta se sustenta en una revisión crítica de bibliografía especializada y en la elaboración de un modelo analítico que incorpora el movimiento y el tiempo como variables clave. Asimismo, el habitar se articula en dos niveles de análisis -práctico y simbólico- para ofrecer herramientas transferibles a investigaciones empíricas. El trabajo busca aportar un esquema teórico flexible y relacional, enfatizando la importancia de incorporar la experiencia subjetiva al análisis de lo urbano, y propone una mirada crítica para pensar la ciudad desde sus diferenciaciones y desigualdades constitutivas.
Metodología
Para el desarrollo de la presente investigación, se adopta una metodología de carácter teórico-interpretativo y se sustenta en una sistematización y revisión crítica de bibliografía especializada que aborda el habitar desde: las prácticas cotidianas y los imaginarios urbanos. El objetivo no busca reconstruir empíricamente un caso específico de estudio, sino elaborar un marco conceptual que permita pensar el habitar urbano desde una perspectiva relacional1 (Harvey, 2021). Para ello, se realizó un mapeo de autores y corrientes clave que han problematizado la relación entre espacio y sociedad.
La revisión bibliográfica fue organizada en torno a tres dimensiones analíticas principales: la conceptualización general del habitar para luego profundizar en dos variables de análisis; la dimensión práctica, centrada en las formas en que los sujetos transitan, usan y resignifican los espacios (y se relacionan entre sí); y la dimensión simbólica, vinculada a los imaginarios, afectos y representaciones sociales que otorgan sentido al habitar. Estas categorías no se presentan como unidades cerradas, sino como herramientas flexibles y relacionales que permiten abordar la complejidad del habitar en contextos urbanos desiguales.
Un acercamiento al habitar urbano
La investigación por el habitar nace de la búsqueda por observar los efectos diferenciados y desiguales del espacio urbano2 y por esto es preciso iniciar un recorrido sobre la conceptualización para reconocer sus potencialidades y limitaciones. En este sentido, un trabajo inaugural ha sido desarrollado por Heidegger, quien expreso que el habitar es el rasgo fundamental del ser y se sustenta en la relación entre las personas y el espacio. En otras palabras, es el vínculo de la sociedad “con lugares y, por medio de lugares, con espacios, estriba en el habitar” y esta misma relación “no es otra cosa que el habitar esencialmente pensado” (Heidegger, 1975, p. 159). En esta concepción inicial, existe una forma relacional y esencialmente dialéctica de pensar el espacio: no existe sociedad sin espacio, ni espacio sin sociedad. Por su parte, en la lectura que Sennett realiza de Heidegger, el habitar contemporáneo significa: ser ahí; y conlleva una dificultad:
“la gente tiene que luchar por arraigarse con el fin de contrarrestar la «angustia», la inseguridad ontológica, que contamina la experiencia humana a medida que el tiempo, en su fluir, desarraiga a las personas tanto del lugar como de su trato con los otros” (Sennett, 2019, p. 162)
Estas concepciones podrían relacionarse, si se remite a Bourdieu (2007), a la interdependencia de las localizaciones espaciales y las posiciones sociales: los habitantes se constituyen como tales en y por la relación con un espacio social, una situación que se caracteriza tanto por su posición relativa respecto a otros lugares como por la distancia que los separa. Desde esta perspectiva, la estructura de posiciones sociales se manifiesta en la forma de distancias espaciales donde el espacio habitado funciona como una simbolización del espacio social, bajo la forma de “una determinada relación entre la estructura espacial de distribución de los agentes y la estructura espacial de distribución de los bienes o servicios, privados o públicos” (Bourdieu, 2007, p. 120). Asimismo, la posición de un habitante
“en el espacio social se expresa en el lugar del espacio físico en que está situado (...) y por la posición relativa que las localizaciones temporales (...) y sobre todo permanentes (...) ocupan con respecto a las localizaciones de los otros agentes; se expresa también en el sitio que ocupa (...) en el espacio a través de sus propiedades (...) que son más o menos espaciosas”. (Bourdieu, 2007, p. 120)
En dicha definición, se evidencia una enfatización de las localizaciones permanentes. Esta relación con el espacio próximo podría ser interpretado como un “proceso continuo de interpretación, modificación, simbolización del entorno que nos rodea” (Giglia, 2012, p. 9). Tal vínculo, condicionada por las posiciones sociales, se traduce en un “lazo afectivo entre las personas y el lugar o el ambiente circundante” (Tuan, 2007/1974, p. 13), un factor que incide de manera directa en la configuración de la vida urbana. En este sentido, Bachelard (2000, p. 28) afirma que la relación de las personas con el lugar se encuentra reflejada en el lazo afectivo del habitar con la casa: “todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”. Si se toma la residencia como punto de partida del habitar, su relativa estabilidad contribuye a dotar de valor al entorno, permitiendo comprender la relación de los habitantes con el lugar cercano.
Aunque el resguardo de la casa produce vínculos con el lugar cercano, esta perspectiva no agota la integralidad del habitar. En este sentido, en la advertencia que realiza Yory García (1999) al afirmar que uno de los problemas actuales sobre la categoría habitar radica en que frecuentemente se confunde con ocupar un espacio, se vislumbra otro elemento a considerar: el movimiento, o el vínculo de las personas entre lugares. En este sentido, Ingold (2015, p. 18) asegura que “la ocupación se hace en áreas mientras que habitar es lineal”, lo cual lo lleva a reflexionar que los lugares no son contenedores sino nudos donde se entrelazan las sendas de los habitantes. Desde una creciente importancia en los últimos años (Sheller y Urry, 2016), el movimiento ha tomado relevancia para comprender las diversas jerarquías que tienen los habitantes y grupos para poder desplazarse por el espacio (Cresswell, 2010).
En cuanto a las movilidades, Massey (1991) sugiere que el análisis debe ser socialmente diferenciada dado que los individuos y grupos ocupan posiciones desiguales en los flujos e interconexiones. Esto no sólo implica quién tiene la capacidad de movimiento, sino también la relación de poder que condiciona el acceso a dichos flujos y desplazamientos. De esta manera, los diferentes habitantes tienen distintas relaciones con la movilidad: “algunas personas tienen más capacidad de movimiento que otras; algunas generan flujos y movimiento, otras no; algunas están más en el punto de recepción que otras; algunas están literalmente encarceladas por ella” (Massey, 1991, p. 117).
El habitar, entonces, tal como postulan Di Virgilio y Perelman (2014, p. 10), no puede ser pensado únicamente “sólo en relación a la localización de los actores en un enclave fijo”, sino que se vuelve necesario “abordarla como gradientes móviles y relacionales en la ciudad”. Esta doble indagación de la desigualdad supone, para los autores, “nutrir el análisis tradicional de la segregación urbana con otro centrado en las prácticas cotidianas y sus distintas esferas y espacios de intercambio e interacción que superan las áreas residenciales”. En este sentido, los habitantes producen y despliegan sus propias vidas, no sólo en los lugares, sino también a través de los caminos y cada habitante establece un rastro donde la vida se produce a lo largo de los caminos que llevan de un lugar a otro (Segura y Chaves, 2019).
Bajo esta perspectiva del habitar, el movimiento toma relevancia por la conformación de fronteras y distancias, tanto espaciales como sociales. En esta línea, Lindón (2020) realiza una diferenciación en la relación que se establece entre las personas y los lugares a partir de su movilidad. Por un lado, se encuentra la posibilidad de estudiar la movilidad espacial en sí misma como forma de destacar la materialidad y sus flujos, considerando que esta última resulta de procesos históricos. Por el otro, se podría partir de la experiencia espacial, la cual supone preguntarse cómo viven distintos sujetos sociales un mismo desplazamiento, con la materialidad que lleva consigo la movilidad, pero también con lo no material que cada uno le agrega, de acuerdo con su memoria espacial de otras experiencias, sus ideas, creencias, fantasías y horizontes de sentido con los que enfrenta la cotidianidad.
Aunque “los modos en los que las personas quedan situadas en la compresión espacio-temporal son muy complicados y extremadamente variados” (Massey, 1991, p. 181), se pueden reconocer dos maneras de observar la diferenciación del espacio: por un lado, están las posiciones en las que se localizan los habitantes dentro del espacio, condicionando las relaciones que desarrollan, y por el otro, se encuentran las distintas formas y capacidades de movimiento.
Aproximaciones conceptuales del habitar
A partir de la diferenciación entre ocupar espacio y moverse entre los lugares, se evidencia un acercamiento conceptual a la definición que Giglia realiza del habitar,3 quien lo comprende como
“un conjunto de prácticas y representaciones que permiten al sujeto colocarse dentro de un orden espacio-temporal, al mismo tiempo reconociéndolo y estableciéndolo. Se trata de reconocer un orden, situarse adentro de él, y establecer un orden propio. Es el proceso mediante el cual el sujeto se sitúa en el centro de unas coordenadas espaciotemporales, mediante su percepción y su relación con el entorno que lo rodea” (Giglia, 2012, p. 13)
En este sentido, siguiendo a Giglia (2012, p. 13), la capacidad orientativa del habitar, en términos espaciales y culturales, hace que los habitantes se coloquen en el espacio y ubiquen “su presencia en relación con un conjunto de puntos de referencia, colocándose al centro de ellos, reconociendo y al mismo tiempo estableciendo un orden espacial”. Giglia toma de Bourdieu la conceptualización del habitus para comprender que, históricamente constituido, el habitus organiza la relación entre los habitantes que se vinculan y el orden espacial, desde un saber con el cuerpo, es decir, a través de un “saber incorporado que se hace presente en las prácticas, pero que no es explícito” (Giglia, 2012, p. 16).
De esta manera, el habitar sería la forma en que las personas conviven con distintas espacialidades (Lindón, 2007a) al practicar y representar el espacio de forma diferenciada. En otras palabras, el habitar permitiría analizar “la producción de la(s) desigualdad(es) como un proceso continuo y relacional, anclado en las disputas por el orden urbano y en las interacciones y los procesos a través de los cuales ocurre la apropiación del espacio”, y es, en particular, “en las interacciones y en los procesos sociales espacializados como se va sedimentando la desigualdad social” (Di Virgilio y Perelman, 2019, p. 16). Según Segura y Chaves (2019), las diversas espacialidades, reflejadas en diferenciaciones en los modos de habitar, puede comprenderse a partir de los siguientes aspectos: la localización de la vivienda en el entramado urbano; el análisis de los desplazamientos y recorridos que articulan hogar, empleo, servicios y actividades recreativas; el estudio de las intersecciones y superposiciones entre distintas formas de movilidad en la ciudad; y la detección de discontinuidades, fronteras y desigualdades en el acceso a los distintos espacios urbanos.
Por último, el habitar debe ser comprendido desde la diferenciación que, diversos autores han realizado, entre la ciudad y lo urbano. Para Lefebvre (2013/1974), la primera remite a la forma y su materialidad, mientras que el segundo refiere a las relaciones, las prácticas y las representaciones. Una distinción similar realiza Sennett (2019) al sugerir una diferencia entre ville y cité: mientras que la primera describe el medio construido, el lugar físico, la segunda pertenece a cómo vive la gente, sus percepciones, comportamientos y creencias. Por su parte, en dicha diferenciación, Delgado (1999, p. 23) distingue que la ciudad es “una composición espacial definida por la alta densidad poblacional y el asentamiento de un amplio conjunto de construcciones estables”, mientras que lo urbano “es otra cosa: un estilo de vida marcado por la proliferación de urdimbres relacionales deslocalizadas y precarias”. En este sentido, Segura (2010) sostiene que analizar la relación entre el espacio urbano y las formas en que los actores sociales lo representan y lo practican implica explorar cómo dicho espacio actúa tanto como marco que posibilita y condiciona las experiencias urbanas, como también cómo esas experiencias contribuyen activamente a dar forma y sentido al propio espacio urbano.
Entonces, el desafío al indagar el habitar radica, en parte, en explorar la relación dialéctica entre la ciudad y lo urbano, y a su vez, entre lo urbano y lo social. Para esto, a continuación, se desarrollarán las categorías de prácticas y representaciones como categorías analíticas del habitar.
Prácticas espaciales: estar y andar por la ciudad
De diferentes maneras y con distintos enfoques, la ciudad es constantemente practicada por sus habitantes. Una manera de observarlas es desde las interacciones que se producen, las cuales podrían definirse, siguiendo a Hannerz (1986), como dos tipos diferentes de relaciones que funcionan como polos. Por un lado, se encuentran las relaciones de vecindad como relaciones de proximidad estables. Según el autor, la consecuencia de la estabilidad es “que los individuos implicados se reconozcan personalmente los unos a los otros. Las actividades más sustantivas pueden ser sobremanera variables tanto en cuanto a la forma como en cuanto a la extensión”. Por el otro, describe a las relaciones de tránsito como “situaciones de interacción mínima y puede parecer que están en la frontera misma de no ser relaciones en absoluto. (...) Ya sea uno o los dos participantes —si sólo están implicados dos— carecen de interés por atraer la atención del otro” (Hannerz, 1986, pp. 122-123).
Asimismo, estas relaciones entre los habitantes pueden ser interpretadas a partir de la incorporación de la dimensión espacial. En este sentido, como forma estructurante de la producción del espacio, Lefebvre (2013/1974) desarrolló una tríada entre las prácticas espaciales en relación a las representaciones del espacio y los espacios de la representación. Bajo su lectura, las prácticas espaciales, son comprendidas como la relación entre “la realidad cotidiana (el uso del tiempo) y la realidad urbana (las rutas y redes que se ligan a los lugares de trabajo, de vida privada, de ocio)” (Lefebvre, 2013/1974, p. 97). Así es que las prácticas, donde se desarrolla la producción y reproducción social, se vuelven el lugar de las formas materiales, refiriendo a cómo se genera, utiliza y percibe el espacio en donde el cuerpo4 ocupa un lugar central. A partir de esta lectura, surgieron dos interpretaciones.
Por un lado, Harvey (1998, p. 243) comprendió que las prácticas espaciales -y temporales, según su planteo- “en la medida que están tan íntimamente implicadas en procesos de reproducción y transformación de las relaciones sociales, es necesario encontrar alguna manera de describirlas y de establecer nociones generales sobre su uso”. Para esto, desarrolló cuatro variables, visibles en el Cuadro 1, buscando observar los siguientes elementos: la capacidad de acceso y de distanciamiento en las relaciones sociales; la apropiación y ocupación del espacio; el dominio de la organización y producción espacial y su control; la producción del espacio y las nuevas modalidades de representación. En este sentido, define a las prácticas como “los flujos, transferencias e interacciones físicas y materiales que ocurren en y cruzando el espacio para asegurar la producción y la reproducción social” (Harvey, 1998, p. 244). Asimismo, es crucial tener en cuenta la advertencia de Harvey cuando afirma que la grilla de prácticas espaciales no puede decir nada importante por sí sola, ya que no hay lenguaje espacial universal independiente de las prácticas sociales y, por el contrario, las prácticas sociales sólo adquieren eficacia en la vida social a partir de las relaciones en las que se inscriben y sobre las que actúan.

Por el otro, Soja (2008) comprende la producción del espacio como forma y como proceso contextualizante, donde las prácticas espaciales trabajan en forma conjunta para producir y reproducir las formas concretas y los patrones específicos del espacio urbano como forma de vida. Desde las prácticas, el espacio urbano “es percibido física y empíricamente como forma y proceso, como configuraciones y prácticas de la vida urbana plausibles de ser medidas y cartografiadas” (Soja, 2008, p. 39). En esta concepción, las prácticas espaciales se articulan con un segundo espacio mental o ideal, donde se conceptualizan las imágenes, los pensamientos reflexivos y las representaciones simbólicas, y un tercer espacio como un espacio enteramente vivido, “un lugar simultáneamente real e imaginario, actual y virtual, lugar de experiencia y agencia estructuradas, individuales y colectivas” (Soja, 2008, p. 40).
Estas prácticas espaciales, como fue mencionado anteriormente, pueden desarrollarse en los lugares o a través de ellos. Bajo la primera concepción, en la relación de los habitantes con el entorno, las prácticas, culturales bajo la denominación de Mayol (1994, pp. 7-8), son “el conjunto más o menos coherente, más o menos fluido, de elementos cotidianos concretos (…) o ideológicos (…), a la vez dados por una tradición (…) y puestos al día mediante comportamientos que traducen en una visibilidad social fragmentos de esta distribución cultural”. Pero bajo la segunda concepción, siguiendo a Imilan, Jirón e Iturra (2015, p. 88), el movimiento es crucial para las prácticas cotidianas dado que “el espacio se experimenta y significa tanto en las relaciones fijas, residenciales, como en los viajes que se realizan, cotidianos, reales o imaginarios”. Así, el espacio urbano revela su capacidad de orientación a través de la sucesión de lugares, materiales y simbólicos, desde un gradiente más o menos estable desde lo doméstico y privado a lo público y anónimo.
Atendiendo a esta diferenciación, las prácticas en y entre los lugares podrían ser observadas, siguiendo a de Certeau (1996), como las maneras de hacer: como modos de operar, hablar, caminar, producir y conversar; una forma de apropiación del espacio organizado por los técnicos de la producción social y cultural. Para el autor, el indagar en las prácticas lo que se trata es “de distinguir las operaciones cuasi microbianas que proliferan en el interior de las estructuras tecnocráticas y de modificar su funcionamiento mediante una multitud de "tácticas" articuladas con base en los "detalles" de lo cotidiano” tratando de “exhumar las formas subrepticias que adquiere la creatividad dispersa, táctica y artesanal de grupos o individuos atrapados en lo sucesivo dentro de las redes de la "vigilancia"” (de Certeau, 1996, pp. 44-45). Aquí, las tácticas, entendidas como un cálculo que no cuenta con un lugar propio ni con una frontera que distinga al otro como una totalidad visible, se contraponen a la estrategia, entendida como “cálculos de relaciones de fuerzas que se vuelve posible a partir del momento en que un sujeto de voluntad y de poder es susceptible de aislarse de un “ambiente”” (de Certeau, 1996, p. 49).
En cuanto a las formas de analizar las prácticas espaciales es a partir de las narraciones que los habitantes realizan de su cotidianeidad. Desde este punto, de Certeau (1996) realiza una diferenciación entre dos tipos de descripciones orales: los mapas y los recorridos. El primero remite al verbo ver, o la estaticidad de un cuadro de situación a observar y el segundo a la acción de hacer, o la serie discursiva de operaciones e itinerarios. Por su parte, las narraciones de los habitantes, siguiendo a Lindón (2020), también pueden ser interpretados como anclajes espaciales. En la relación entre la ciudad y los habitantes, el anclaje espacial funciona como la inscripción de los eventos biográficos en el territorio en “un proceso por el cual el lugar le otorga características al evento biográfico y, al mismo tiempo, el acontecimiento -que es parte de una trayectoria de vida- marca y engrosa el lugar en cuanto a significados, memoria, valores” (Lindón, 2020, p. 23).
Las representaciones urbanas: una ciudad imaginada
Tanto lo material y lo simbólico, como las prácticas y las representaciones del espacio, no existen unas sin las otras. Por un lado, las representaciones modelan la espacialidad de la vida social y, por el otro, la espacialidad se apropia y configura las representaciones y significados (Soja, 2008). En esta relación, para Silva (2022, p. 46) los imaginarios urbanos son determinantes para los habitantes dado que “la ciudad imaginada precede a la ciudad física, pues desde la ciudad imaginada se valora y se decide el uso de la urbe material”. De este modo, se revela que la producción de significados constituye un eje fundamental en la experiencia de habitar.
Las representaciones espaciales, tal como expresó Lefebvre (2013/1974), forman parte de la producción del espacio. Lo que el autor denomino espacios de representación, es el espacio vivido a partir de las imágenes y los símbolos que lo conforman, y por esto se los puede considerar como el espacio de los habitantes, residentes y usuarios, así como también de quienes lo describen. Se trata de un espacio experimentado de manera pasiva, pero que la imaginación aspira a transformar y apropiarse, recubriendo el espacio físico al utilizar simbólicamente los objetos. En la tensión entre la producción individual y social de las representaciones, se inscribe la experiencia espacial más íntima, donde la imaginación y los significados tienen un papel relevante, evidenciando una tendencia “hacia sistemas más o menos coherentes de símbolos y signos no verbales” (Lefebvre, 2013/1974, p. 98).
En la lectura que Lindón (2004) propone de Lefebvre, lo simbólico implica el reconocimiento de una comunidad, y por esto es connotativo y no denotativo. Esta distinción resulta sustancial para la interpretación de las representaciones o imaginarios5, no como construcciones individuales de los habitantes sino por ser el producto de una elaboración social. En este sentido, como afirma Hiernaux (2012), si bien cada experiencia individual es realizada en un espacio y tiempo determinado, se entrelazan en diversos imaginarios colectivos asumidos por grupos sociales específicos. Las formas de imaginación colectivas se producen a partir de dos mecanismos: por un lado, en el “ajuste provocado por las presiones institucionales”, y por el otro, por el “ejercicios intersubjetivos que le otorga un sentido compartido a las experiencias humanas” (Hiernaux, 2012, p. 90).
Los imaginarios urbanos, tal como argumentan Lindón, Hiernaux y Aguilar (2006), son una específica articulación de espacialidades, a partir de la experiencia concreta y desde la perspectiva de los habitantes. En este sentido, el espacio es observado a través de los sentidos y significados que las personas le otorgan, donde estos sentidos y significados son construidos “a través de un proceso de contraste entre los elementos materiales y las representaciones, esquemas mentales, ideas e imágenes con los que los individuos se vinculan con el mundo, que por otra parte son de carácter socio-cultural” (Lindón et al., 2006, p. 12). Desde esta perspectiva, la relación entre los habitantes y los lugares se construye socialmente y de manera dialéctica a través de imaginarios urbanos, los cuales permiten reconstruir las perspectivas del mundo a partir de las cuales los sujetos actúan, configurando intenciones y efectos que se experimentan como reales.
Conformados a partir la subjetividad y la elaboración simbólica, los imaginarios urbanos son “imágenes, imaginaciones, modos de representación de aspectos cruciales de la vida en las ciudades (como la seguridad, la acción pública, la proximidad, las estrategias residenciales, las nociones sobre los otros habitantes) están conformadas desde maneras particulares de combinar información, experiencias, carencias y fantasías, que se resisten a ser entendidas desde criterios meramente objetivos, objetivistas o racionalistas” (Lindón et al., 2006, p. 14). En este sentido, los imaginarios urbanos son conformados socialmente a partir de imágenes y representaciones urbanas, siendo el resultado “de la capacidad humana para representarse la ciudad a partir de las imágenes que se presentan de ella al individuo y a la sociedad y transformar esta representación en un imaginario actante, es decir, en actos guiados por la imaginación” (Hiernaux, 2008, p. 18).
En la relación entre imaginarios urbanos y la producción simbólica en la ciudad, Lindón (2007c) comprende a los símbolos como el resultado de la capacidad imaginaria de los sujetos sociales que unen lo que no estaba unido. En este sentido, Lindón (2007b, p. 12) destaca que “se constituye una mirada que necesariamente da cuenta de la relación entre lo no material, la subjetividad espacial, y la ciudad en cuanto a sus formas materiales, junto a las prácticas que se inscriben en esas formas materiales”. De esta forma, las prácticas sociales al anclarse y desplegarse en la ciudad, contribuyen a la realización de la ciudad material, pero, de manera dialéctica, esas prácticas adquieren rasgos particulares a partir de la materialidad de la ciudad. Esta relación entre formas materiales y prácticas espaciales resulta inconclusa, según Lindón, si no se la considera a la luz de los imaginarios urbanos.
Estos imaginarios pueden referir a la ciudad como un todo, a lo urbano como un modo de vida o también a distintos fragmentos de la ciudad. En este sentido, Lindón (2007b) plantea que uno de los fragmentos más emblemáticos de lo urbano son las calles. Considerándolas como un fragmento específico de ciudad, los imaginarios pueden anclarse en ellas de diversas formas: en la vida social que en ellas se desarrolla, en las características que posee, así como en las calles en tanto formas espaciales. Pero también los imaginarios vinculados con una calle se pueden explorar a partir de su nombre y la memoria que lleva consigo, como así también las calles pueden ser abordadas a través de locales y establecimientos que al estar sobre cierta calle le dan un significado a ella, aunque al mismo tiempo se cargan de sentido a partir de su localización.
En términos analíticos, Lindón (2007c, p. 44) desarrolla la propuesta de hologramas espaciales, los cuales “permiten comprender los diversos planos de la realidad que participan en la construcción social de un lugar bajo características particulares”, y asimismo, “pueden evidenciar como elementos ausentes, elementos que han desaparecido del mundo material pero que perviven en la memoria espacial, o elementos de lugares lejanos, pueden estar construyendo a un lugar de cierta forma”. Resulta relevante la metodología de los hologramas espaciales ya que poseen la capacidad de relacionar características locales con otras globales, o, en otras palabras, tienen la virtud de dar cuenta del cruce de la espacialidad situacional y particular con espacialidades que se reiteran en otros lugares y otros escenarios, así como a través del tiempo, sin que ello suponga aspiraciones de generalización. De esta manera, permitirían comprender el papel de diferentes imaginarios urbanos en la construcción social de los lugares concretos, pero dentro de un horizonte de singularidad, entendida como el cruce de lo particular y lo general, o entre lo urbano y lo social, por el cual esas pautas podrán reconocerse en otros escenarios.
Conclusiones
El recorrido realizado a lo largo de este artículo permite afirmar que el habitar ofrece una mirada indagatoria para abordar la complejidad de lo urbano, especialmente cuando se lo piensa desde una perspectiva relacional, situada y atenta a las diferencias y desigualdades. Lejos de asumir el espacio como un simple escenario físico o un soporte neutro de las acciones humanas, la noción de habitar pone el foco en las prácticas cotidianas y las representaciones construidas (como también, la materialidad espacial y los conflictos que moldean la experiencia urbana). Esta mirada no busca clausurar lo urbano en una categoría cerrada, sino abrirlo como un campo de tensiones, disputas y apropiaciones múltiples.
Desde esta perspectiva, el habitar se presenta como un prisma desde el cual observar las distintas capas de producción y reproducción del espacio: desde los marcos estructurales que ordenan la ciudad, pero principalmente desde las prácticas y representaciones que se reafirman cotidianamente. En este sentido, el habitar podría revelar cómo los habitantes negocian, resisten y reconfiguran su lugar en un entramado urbano marcado por lógicas de jerarquización, fragmentación e incertidumbre. Por esto, se recupera el carácter situado y desigual del habitar, lo cual permite pensar la ciudad no solo como una forma material, sino también como un proceso atravesado por relaciones de poder, como también memorias, afectos y aspiraciones.
En este marco, el habitar puede comprenderse como un proceso relacional mediante el cual los habitantes se insertan, producen y disputan el espacio urbano. Como praxis compleja, en el habitar se entrelazan lo urbano y lo social, lo material y lo simbólico, en contextos históricamente configurados. Es, ante todo, una relación situada entre los habitantes y el espacio, mediada por trayectorias de vida, estructuras sociales y condicionantes espaciales. A través de las prácticas cotidianas y las representaciones simbólicas, los habitantes producen sentidos, territorialidades e identidades que exceden la mera ocupación física. Habitar implica construir un lugar en el mundo: una forma de apropiación que, simultáneamente, reproduce y transforma las lógicas urbanas, expresando en cada gesto una inscripción social en el espacio. En esta clave, el habitar se presenta no solo como una categoría de análisis, sino también como una apuesta por recuperar el carácter abierto, inestable y conflictivo de lo urbano.
Agradecimiento
La presente investigación se desarrolla en el marco de una beca doctoral financiada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET).
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Notas
Recepción: 02 julio 2025
Aprobación: 20 septiembre 2025
Publicación: 01 noviembre 2025